Mátame al amanecer,
O de noche, si tu quieres;
Pero que te pueda ver
La mano.
Nicolás Guillén
Como soy un lector de cine bastante consumista e ingenuo – lo que me lleva a repetir sin vergüenza películas de domingo en la tarde-, tengo presentes múltiples imágenes de filmes hollywoodenses en los que una epidemia se expande por el mundo y amenaza con destruir a la especie humana, y aunque al final el planeta es salvado por algún americano más, el terror se convierte en pandemia y cobra más víctimas que el propio virus.
Sí, me voy a valer de la “influenza porcina” y su aterrizaje en diversos países para hablar de esos miedos atávicos que los humanos sentimos ante la muerte, una de aquellas realidades que no hemos podido transformar a través de la ciencia y que sólo podemos superar por medio del arte que inmortaliza a su creador en la obra.
El miedo a lo desconocido, representado en la muerte, y la impotencia en que se ve sumido el hombre cuando su medio ambiente “lo ataca”, hicieron que, una vez más, viéramos en el vecino a un potencial peligro para nuestra integridad física, y en el entorno, el lugar propicio para construir un camino hacia nuestro propio final. Tal como en los tiempos de la Peste Negra, momento en el que Europa se movía entre la oscura Edad Media y los albores del Renacimiento, una enfermedad surgida en animales no racionales que comparten el planeta con los humanos se convirtió en amenaza general para las naciones y en motivo de humillación para nuestro ego, aquel que ha querido justificar y resolver todo a través de la razón sin tener en cuenta lo inefectiva que puede ser cuando el hombre se encuentra indefenso frente a lo que le rodea como presencia intangible; basta con citar un ejemplo: cuando en Egipto se tuvo noticia de la influenza A(H1N1), la decisión fue sacrificar a todos los cerdos del país, aun cuando los expertos habían asegurado que no era esa la salida. Esto pone de manifiesto una cosa: ante el terror el hombre deja de lado su intelecto y retorna al instinto básico de supervivencia, entonces, las construcciones del homo sapiens se tambalean.
En un intento por explicar la realidad que circunda al ser humano, actualizando una vez más nuestra naturaleza mítica, la teoría del complot hizo su aparición en el panorama mundial. Hace unos días recibí un correo electrónico que seguramente se esparció más rápido que el virus, en él se encadenaban una serie de eventos que podrían convencer a cualquiera de que el A(H1N1) es una realidad planificada por los gobiernos de las grandes potencias internacionales y algunos laboratorios farmacéuticos como posible salida ante la crisis que atraviesa la economía mundial. No es mi intención abordar el asunto desde una visión política, mucho menos pretendo establecer juicios de valor que se muevan entre lo verdadero y lo falso; sólo intento demostrar que, ante las dificultades, la condición humana se muestra frágil y busca por cualquier medio solucionar sus interrogantes. Ante tal teoría del complot no pude dejar de pensar en Ricardo Piglia, quien plantea el complot como “un punto de articulación entre prácticas de construcción de realidades alternativas y una manera de descifrar cierto funcionamiento de la política”[1]
Ahora bien, estableciendo otros vínculos de la ficción con la realidad, hay que acudir a las transformaciones que ha impuesto el hombre a la naturaleza. Hoy miramos con naturalidad el diseño de la Isla Palmera en Dubai y no tenemos mayor complicación para asumir su presencia como muestra del desarrollo en cuanto a arquitectura e ingeniería se refiere. Sin embargo, para quienes somos hijos de las generaciones en que la capacidad de asombro aún tenía límites verosímiles, esto sólo podría darse en nuestra infancia a través de la fantasía, en un mundo alternativo creado por el cine o la literatura.
Pero la fantasía ha traspasado sus fronteras, el hombre ha logrado sacarla de su dimensión paralela y la ha transportado al nivel de realidad que compartimos. El mundo que denominamos “de la ficción” irrumpe hoy con cierta regularidad en la “realidad real” haciendo que esas fronteras, tantas veces debatidas, se descubran en una transparencia deliciosamente absurda que desdibuja el concepto de verdad. Lo que imaginó Julio Verne hace casi siglo y medio, hoy se enseña en colegios y se muestra como un invento más en ferias de la ciencia.
El medio ambiente se ha transformado, el hombre lo ha convertido en una bomba de tiempo mientras él mismo ha llevado procesos profundos de mutación que se ven reflejados en su relación con el planeta, pero, sobre todo, en su manera de ver al otro, a su semejante. En una noticia publicada por Yahoo, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos aseguraba que en futuros conflictos su ejército podrá estar conformado por hombres y robots en iguales proporciones. Lo más “simpático” del caso es que afirmaban que no tendrían “el problema” de soldados arrepentidos o con cargas de conciencia por haber acabado con otros seres humanos. Una vez más la guerra marca la evolución, tal como ocurriera en Hiroshima y Nagasaki, ciudades en las que el ambiente aún da malformaciones genéticas como herencia. Si bien la fuente de la noticia no es muy confiable, no deja de parecer interesante el hecho de que no nos parezca extraña la idea.
Resulta paradójico que, ante situaciones de salud como la que atravesamos en este momento, el terror haga de las suyas en el imaginario cultural y nos acerque psicológicamente a la muerte, mientras el planeta se destruye ante nuestros ojos y lo asumimos como algo normal. Sin hacer un ejercicio interpretativo profundo, podemos descubrir que el miedo realmente proviene de la amenaza invisible – o la amenaza fantasma, para que suene un poco más cinematográfico – que se cierne sobre lo humano. No nos trasnocha pensar en la destrucción de la capa de ozono, tema que además ya pasó de moda, pero sí nos descomponemos al saber que un virus que no podemos ver nos acecha y tiende un cerco invisible alrededor nuestro.
[1] Piglia, Ricardo. La teoría del complot. Conferencia dictada el 15 de julio de 2001 en la Fundación Start de Buenos Aires.