Sobre Gilbert Durand

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El arte invisible o el papel de la imagen en la construcción de sentido

La imagen es cifra de la condición humana
Octavio Paz

 El concepto de hibridación, aplicado a la postmodernidad por filósofos como Jean François Lyotard, Edward Said y, especialmente, por el antropólogo Néstor García Canclini en su libro Culturas híbridas¸ ha ganado terreno en la historia reciente de la humanidad. Este concepto, entendido como mestizaje cultural, no sólo se ha aplicado a la cultura como noción abstracta, sino que se ha visto reflejado en los elementos que la integran, entre ellos, las diversas muestras de arte donde se viene tejiendo una tendencia bastante marcada a la experimentación, a la fusión de discursos diversos para la construcción de nuevas formas; tal es el caso del libro Cómo se hace un cómic: el arte invisible, de Scott McCluod en la traducción de Enrique Abulí, publicado por Ediciones B, en 1995. En él se descubre la construcción de un ensayo bastante particular, en el que no se pueden separar imagen y contenido; no se trata, por tanto, de un ensayo ilustrado, ni de una simple historieta; sino de la unión clara de dos lenguajes que en algún momento de la historia parecen haberse separado: palabra e imagen.

La separación entre estos dos elementos se ha dado de manera arbitraria, pues en principio el hombre conoce el mundo a través de su relación con lo sensible, en especial, de la mano de la imagen. Esa referencia mundo (imagen) – lenguaje – pensamiento, se da como una triada inseparable; sin embargo en lo académico parece haber una ruptura. Si la ilustración es mirada con desconfianza por creer que “mata” la creatividad del lector, el cómic es considerado el adolescente díscolo de la familia (si no es que lo han echado de la casa). McCloud, rescata el lenguaje del cómic y con gran maestría construye un texto de carácter argumentativo en el que la ruptura imagen – lenguaje se hace improbable, este norteamericano desarrolla una reflexión profunda en cuanto a la naturaleza del cómic, su historia y sus posibilidades mediante el propio discurso. Con su trabajo es fácil rebatir la imposibilidad de fusionar academia y cómic, su erudición en la materia queda demostrada mediante un lenguaje fresco y responsable que escapa a ciertas ataduras formales marcadas en muchas ocasiones por los círculos intelectuales.

Tal vez sea el miedo a lo nuevo – aclarando que el cómic es un lenguaje con cierto recorrido en el tiempo – lo que hace que la academia mire con recelo a todos aquellos discursos “híbridos” – el periodismo literario, la novela gráfica o, en este caso, el ensayo gráfico – tan propios de la postmodernidad. Estas nuevas formas requieren nuevos lectores, lectores con mayor elasticidad en su pensamiento, lectores dispuestos a deconstruirse, reconstruirse y reaprender el universo significativo que los rodea, lectores, en últimas, con un sentido amplio de la estética y el arte.
 
Debo admitir que cuando me acerqué por primera vez a lectura del texto de McCloud, estuve totalmente de acuerdo en lo referente a “arte invisible”; al menos yo no lograba verlo por ninguna parte. Sin embargo, pronto comprendí que me enfrentaba a una manera diferente de asumir la relación entre mundo real y mundos posibles, y que esta vez el lazo comunicante se daba a partir de la imagen. En esta medida lo nuevo se da como retorno a costumbres de culturas antiguas – las precolombinas o la egipcia – que representaban gráficamente, en un orden secuencial, sucesos cotidianos; algo que de alguna manera podría considerarse cómic, al menos desde el trabajo de McCloud.

En Understanding comics: The Invisible Art – título original de la obra – hay una buena opción para quienes nos acercamos por primera vez a este lenguaje y pretendemos ir más allá de las tradicionales historias de superhéroes; de igual manera, para quienes ven en el cómic una forma probable de comunicación y arte más allá de las fronteras canónicas.

Entre la realidad y la ficción, El miedo como puente de enlace

Mátame al amanecer,

O de noche, si tu quieres;

Pero que te pueda ver

La mano.

Nicolás Guillén

 

 

Como soy un lector de cine bastante consumista e ingenuo – lo que me lleva a repetir sin vergüenza películas de domingo en la tarde-, tengo presentes múltiples imágenes de filmes hollywoodenses en los que una epidemia se expande por el mundo y amenaza con destruir a la especie humana, y aunque al final el planeta es salvado por algún americano más, el terror se convierte en pandemia y cobra más víctimas que el propio virus.

 

Sí, me voy a valer de la “influenza porcina” y su aterrizaje en diversos países para hablar de esos miedos atávicos que los humanos sentimos ante la muerte, una de aquellas realidades que no hemos podido transformar a través de la ciencia y que sólo podemos superar por medio del arte que inmortaliza a su creador en la obra.

 

El miedo a lo desconocido, representado en la muerte, y la impotencia en que se ve sumido el hombre cuando su medio ambiente “lo ataca”, hicieron que, una vez más, viéramos en el vecino a un potencial peligro para nuestra integridad física, y en el entorno, el lugar propicio para construir un camino hacia nuestro propio final. Tal como en los tiempos de la Peste Negra, momento en el que Europa se movía entre la oscura Edad Media y los albores del Renacimiento, una enfermedad surgida en animales no racionales que comparten el planeta con los humanos se convirtió en amenaza general para las naciones y en motivo de humillación para nuestro ego, aquel que ha querido justificar y resolver todo a través de la razón sin tener en cuenta lo inefectiva que puede ser cuando el hombre se encuentra indefenso frente a lo que le rodea como presencia intangible; basta con citar un ejemplo: cuando en Egipto se tuvo noticia de la influenza A(H1N1), la decisión fue sacrificar a todos los cerdos del país, aun cuando los expertos habían asegurado que no era esa la salida. Esto pone de manifiesto una cosa: ante el terror el hombre deja de lado su intelecto y retorna al instinto básico de supervivencia, entonces, las construcciones del homo sapiens se tambalean.   

 

En un intento por explicar la realidad que circunda al ser humano, actualizando una vez más nuestra naturaleza mítica, la teoría del complot hizo su aparición en el panorama mundial. Hace unos días recibí un correo electrónico que seguramente se esparció más rápido que el virus, en él se encadenaban una serie de eventos que podrían convencer a cualquiera de que el A(H1N1) es una realidad planificada por los gobiernos de las grandes potencias internacionales y algunos laboratorios farmacéuticos como posible salida ante la crisis que atraviesa la economía mundial. No es mi intención abordar el asunto desde una visión política, mucho menos pretendo establecer juicios de valor que se muevan entre lo verdadero y lo falso; sólo intento demostrar que, ante las dificultades, la condición humana se muestra frágil y busca por cualquier medio solucionar sus interrogantes. Ante tal teoría del complot no pude dejar de pensar en Ricardo Piglia, quien plantea el complot como “un punto de articulación entre prácticas de construcción de realidades alternativas y una manera de descifrar cierto funcionamiento de la política”[1]

 

Ahora bien, estableciendo otros vínculos de la ficción con la realidad, hay que acudir a las transformaciones que ha impuesto el hombre a la naturaleza. Hoy miramos con naturalidad el diseño de la Isla Palmera en Dubai y no tenemos mayor complicación para asumir su presencia como muestra del desarrollo en cuanto a arquitectura e ingeniería se refiere. Sin embargo, para quienes somos hijos de las generaciones en que la capacidad de asombro aún tenía límites verosímiles, esto sólo podría darse en nuestra infancia a través de la fantasía, en un mundo alternativo creado por el cine o la literatura.

 

Pero la fantasía ha traspasado sus fronteras, el hombre ha logrado sacarla de su dimensión paralela y la ha transportado al nivel de realidad que compartimos. El mundo que denominamos “de la ficción” irrumpe hoy con cierta regularidad en la “realidad real” haciendo que esas fronteras, tantas veces debatidas, se descubran en una transparencia deliciosamente absurda que desdibuja el concepto de verdad. Lo que imaginó Julio Verne hace casi siglo y medio, hoy se enseña en colegios y se muestra como un invento más en ferias de la ciencia.

 

El medio ambiente se ha transformado, el hombre lo ha convertido en una bomba de tiempo mientras él mismo ha llevado procesos profundos de mutación que se ven reflejados en su relación con el planeta, pero, sobre todo, en su manera de ver al otro, a su semejante. En una noticia publicada por Yahoo, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos aseguraba que en futuros conflictos su ejército podrá estar conformado por hombres y robots en iguales proporciones. Lo más “simpático” del caso es que afirmaban que no tendrían “el problema” de soldados arrepentidos o con cargas de conciencia por haber acabado con otros seres humanos. Una vez más la guerra marca la evolución, tal como ocurriera en Hiroshima y Nagasaki, ciudades en las que el ambiente aún da malformaciones genéticas como herencia. Si bien la fuente de la noticia no es muy confiable, no deja de parecer interesante el hecho de que no nos parezca extraña la idea.

 

Resulta paradójico que, ante situaciones de salud como la que atravesamos en este momento, el terror haga de las suyas en el imaginario cultural y nos acerque psicológicamente a la muerte, mientras el planeta se destruye ante nuestros ojos y lo asumimos como algo normal. Sin hacer un ejercicio interpretativo profundo, podemos descubrir que el miedo realmente proviene de la amenaza invisible – o la amenaza fantasma, para que suene un poco más cinematográfico – que  se cierne sobre lo humano. No nos trasnocha pensar en la destrucción de la capa de ozono, tema que además ya pasó de moda, pero sí nos descomponemos al saber que un virus que no podemos ver nos acecha y tiende un cerco invisible alrededor nuestro.



[1] Piglia, Ricardo. La teoría del complot. Conferencia dictada el 15 de julio de 2001 en la Fundación Start de Buenos Aires.

LOS FANTASMAS

Nada de bueno nos trajo este invierno. Hasta el peral nos negó su único fruto, que inalcanzable fue devorado por un gusano, y éste por un pájaro humilde como nosotros.

Nos sentamos a la mesa a la hora de siempre, callamos y mentimos como todos los días. En las casas del frente, los rostros pasan contando historias idénticas a la nuestra. Tan cercana, que es mejor cerrar la ventana para no llorar sus lágrimas, para no confundir a los personajes reales (que somos) con ciertos fantasmas, sin los cuales ya no sabríamos vivir.

Mi cabeza está llena de fantasmas. Los recuerdos están poblados por fantasmas. Miles de fantasmas cayendo en la gota de un instante, ordenando una imagen rota en miles de imágenes diferentes. Llegan puntuales y solitarios como las penas; da lástima abrirles el corazón y dejarles pasar; ver cómo ponen sus huevecillos de amor y de odio; sentir cómo señorean nuestras mentes, nuestras vidas.

Dan lástima, amor mío, esos dos que este invierno trajo convertidos en fantasmas que callan, o se mienten a la sombra de un pájaro humilde.

Juan Manuel López

PROEMIO DE LA RELATIVIDAD

Yo no soy el que canta:
La verdad es una espada.
La verdad hiere.
La mentira también hiere.
La verdad es una llave.
Sé de mentiras que abren puertas
como las puertas ruinosas de la fama.
Yo no soy el que canta, sino otro.
Otro cayendo con su cruz en sórdidos caminos.
Otro comenzando a creer en el cansacio de Dios,
en que Dios es la lepra sobre nuestra piel,
la muerte poniendo huevecillos en el semen.
Cual semilla que engendra malos frutos,
mis sílabas serán lanzadas al fuego,
pues toda hoguera purifica y conforta.
No existe la gloria ni el infierno,
son apenas trastornos personales.
Las verdades son tan relativas
como el sol que en los espejos
no nos quema
ni deslumbra.
Los espejos son mentiras,
y las mentiras son también relativas.


Juan Manuel López