Nos sentamos a la mesa a la hora de siempre, callamos y mentimos como todos los días. En las casas del frente, los rostros pasan contando historias idénticas a la nuestra. Tan cercana, que es mejor cerrar la ventana para no llorar sus lágrimas, para no confundir a los personajes reales (que somos) con ciertos fantasmas, sin los cuales ya no sabríamos vivir.
Mi cabeza está llena de fantasmas. Los recuerdos están poblados por fantasmas. Miles de fantasmas cayendo en la gota de un instante, ordenando una imagen rota en miles de imágenes diferentes. Llegan puntuales y solitarios como las penas; da lástima abrirles el corazón y dejarles pasar; ver cómo ponen sus huevecillos de amor y de odio; sentir cómo señorean nuestras mentes, nuestras vidas.
Dan lástima, amor mío, esos dos que este invierno trajo convertidos en fantasmas que callan, o se mienten a la sombra de un pájaro humilde.
Juan Manuel López